
Una mañana de primavera cualquiera, Raúl ya tenía todo organizado, incluidas sus vacaciones. Este año tocaban Uzbekistán, Malasia y Singapur. Este año elegía él, el destino, aunque a su marido le encantaba viajar y todos los sitios le llamaban la atención.
Tenía varios viajes programados a Europa y Asia, ya que así lo requería su puesto de Key Account Manager, su nueva responsabilidad desde hacía un tiempo. Llevaba en la empresa más de veinte años y había pasado por diferentes cargos, algunos de ellos de gran responsabilidad. Era un gran embajador de marca de su organización, a pesar de las diferencias que podía tener con la gestión o el funcionamiento de la misma, como nos pasa a todos, en algún momento.
Lo único fue que un cambio de guion hizo que tuviese que retrasarlo todo: comenzaba una nueva etapa con otro tipo de responsabilidad. Llegó a su nuevo puesto sin esperarlo, todo el mundo era nuevo para él. Al menos le asignaron un despacho para él solo, los horarios eran muy flexibles y cada día conocía a gente diferente. Tenía menos estrés, pero más tiempo… aunque él no era dueño del mismo. Estaba desubicado, ya que por primera vez no era él quien marcaba los ritmos.
Sabía que las reuniones con los que mandaban allí solían ser todos los días entre las 9:30 y las 11:00, salvo los fines de semana, a no ser que surgiera alguna urgencia, que en ocasiones ocurrían, aunque él confiaba en que en su caso no le tocaría. Aunque a veces se retrasaban, porque tenían otras responsabilidades, pruebas o tomas de contacto más urgentes.
Raúl era una persona muy extrovertida, aunque de niño y joven había sido la cosa más introvertida del mundo. En la universidad cambió, se lanzó a la piscina y nunca volvió a salir del agua.

En la primera toma de contacto en esa nueva delegación improvisada, al preguntarle qué tal estaba, él respondió:
—Tan bueno como siempre.
Su frase, que en su antigua oficina arrancaba sonrisas, allí no causó efecto. Nadie rió. Nadie entendió su humor.
Paca y Ramona eran raras. Muy peculiares, queda mejor. Cambiantes como el tiempo. Le gustase o no, en ocasiones le tocaba trabajar con ellas. Ramona era protestona y peleona, siempre diciendo que él le daba mucho trabajo, y que le entraban ganas de hacer determinadas cosas “solo cuando estaba ella”, porque en esa delegación se trabajaba las 24 horas del día a turnos. Salvo, claro, las “elegidas”: las de despacho propio, que presumían de marcar sus horarios. Curiosamente, no eran las que más mandaban.
Desde el momento en que conoció a Jaime, su nuevo responsable, hubo una conexión especial. Lo seguía al pie de la letra, sabía que debía hacer esas gestiones, esas reuniones, esos ejercicios, incluso cuando no le apetecía. Jaime hacía de intermediario con los que mandaban allí.
Un día le dijeron a Jaime que Raúl ponía poco de su parte, que su actitud no era la adecuada y que sabían que había “tirado la toalla”. Aquello era inaceptable, decían, porque confiaban mucho en él y estaban convencidos de que iba a prosperar.
Jaime tuvo que hablar con Raúl con cariño y empatía:
—Dicen que estás más apagado. Que ya no tienes la misma chispa.
—Pues será que me han cambiado las pilas por unas del chino —contestó él.
A veces se enfadaban, pero al día siguiente todo fluía igual. No habían trabajado nunca mano a mano, pero se conocían desde hacía 23 años. Eso ayuda… aunque a veces también complica.
Con María José, Pilarín, Ana, Álex y Arancha tuvo una conexión especial. Cada uno ocupaba un rol distinto, aunque pasaban muchas horas juntos. Había épocas de mucho pico de trabajo, pero también otras más relajadas, en las que daba tiempo a charlar y conocerse mejor.

Jaime tenía la impresión de que pasaba allí las 24 horas del día, aunque en cuanto salía por la puerta, desconectaba y se iba a su huerto, a sus planes de viaje y a su vida añorada.
Echaba de menos a su antigua oficina y a sus compañeros. Los recordaba con cariño, con sus cosas, pero con afecto. Ellos también lo echaban de menos: Jaime era pura pasión y alegría. Todos recordaban sus bailes en las fiestas de empresa, y eso que solo bebía agua con gas.
Su vecino de despacho era itinerante: tosía mucho y discutía más. Ana y Pilar le contaban a Raúl que allí habían visto de todo.
—Hace quince días —le dijo Ana—, Arancha pilló a un recién llegado “dándolo todo” con una amiga en un despacho.
—¿Y encima se enfadó? —preguntó él.
—Sí, porque Arancha no llamó a la puerta. ¡En horario laboral!
—Madre mía —dijo Jaime—, hay gente que confunde la oficina con su casa, pero sin pagar hipoteca.
En otras ocasiones, algunos olvidaban que, en los entornos laborales, uno debe ser aseado, educado, no enfadarse en exceso y, sobre todo, mantener la calma.
Con la bruja de Paca, como él la llamaba con sorna, no podía. Alucinaba con que no le gustase la comida de la cantina y que se la trajese de casa. Además, su humor era más seco que la mojama.
—¿Cómo han salido los resultados de los proyectos en los que estoy trabajando esta semana? —le preguntó un día.
—Pues ya te lo dirán tus responsables en la reunión posterior.
No es mi cometido —respondió ella, con frialdad burocrática.
Raúl luchaba contra ese bicho que le estaba poniendo contra las cuerdas. Le había hecho cambiar su vida profesional y personal. Los demás que lo conocían le decían que no era tan malo y que, con las pautas adecuadas, aún era fácil de llevar. Lo único es que Raúl no podía ver a semejante personaje. Le ocurría como en su oficina habitual hasta hacía cinco meses, cuando algunas personas a las que había enseñado y formado, de primeras les caía fatal porque era exigente y las obligaba a darlo todo… pero luego hablaban maravillas de él.
Quizás ahora debía dar una oportunidad a ese “bicho” y fiarse de los que más lo conocían.
Jaime cada vez hablaba más con él. Un día le soltó una pregunta que lo descolocó:
—¿Qué te gustaría que dijeran de ti tus compañeros y responsables cuando ya no estés?
—Vaya pregunta, Jaime… —respondió él—. Supongo que jamás lo sabré, pero espero que cosas buenas.
A los pocos días, sonó el teléfono de Jaime. Era Desirée, la gran jefa:
—Tienes que venir a la oficina ya mismo. Es urgente.

Jaime llegó sin imaginar lo que iba a oír.
—Esto se acaba, no se puede aguantar más —dijo ella, visiblemente afectada—. Raúl debe irse. No se puede resistir más. Prepáralo todo para que no te pille fuera de juego. Hiciste todo lo que estaba en tu mano. Él lo sabe, aunque no te haya dicho nada. No quería que te disgustaras. Te prometió que lo lograría.
Jaime, apresurado y roto, tuvo que avisar a la gente que más lo conocía.
El director general, sorprendido, preguntó:
—¿A qué te refieres con que “se acaba”?
— A que Raúl está agonizando. Ya lo han sedado. Se nos va. Se complicó en las últimas horas. Él quiso ocultar su gravedad. No ha podido vencer al “bicho”, como llamaba a esa enfermedad repentina que, en teoría, no tenía gravedad.
Jaime estaba deshecho. Su compañero de vida se había ido.
En el velatorio, las muestras de cariño fueron abrumadoras.
Todo el mundo recordaba a Raúl con ternura y emoción:
- Era una persona con la que daba gusto trabajar.
- Siempre estaba de buen humor, incluso los lunes.
- Era la primera persona a la que contraté, y no me equivoqué.
- Los clientes y proveedores no se lo creen, era el alma de la oficina.
- Buscaba soluciones, no culpables.
- Defendía lo que creía justo, aunque le costara discusiones.
- Tenía una energía contagiosa, hacía sonreír hasta al jefe más serio.
- Te decía las cosas a la cara, pero siempre desde el respeto.
- Era cabezota, sí, pero noble y coherente.
- Le costaba desconectar del trabajo, pero lo daba todo.
- Era exigente, pero justo.
- Hacía equipo sin esfuerzo, y eso no se enseña.
- Siempre encontraba una forma de animarte.
Incluso los que más habían chocado con él lloraban. Nadie lo esperaba.

Raúl era una persona disfrutona de la vida, y le quedaban muchos planes que cumplir, tanto personales como profesionales. Lo único es que hizo todo lo que estuvo en su mano, disfrutando cada día como si fuera el último.
Su final llegó antes de lo previsto, dejando a sus seres queridos, amigos, compañeros y conocidos sin palabras.
Muchas veces nos castigamos por cosas sin importancia, y olvidamos que en esta vida todo tiene solución menos la muerte, que tarde o temprano nos visita a todos.
¿Qué diría tu epitafio si mañana no estuvieras?
La vida va de priorizar lo esencial, porque al final solo te acompañan los momentos que realmente viviste; todo lo demás, se queda atrás.
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