La gente pasaba a su lado como si no existiese. Formaba parte del entorno de una calle muy concurrida de Madrid. Era un fantasma al que nadie veía. Cuando uno cae al pozo más oscuro, el resto no te ve, ni siquiera te miran.

Abel vivía invisible pero integrado entre los bancos, árboles, comercios y las personas que transitaban. Hace tiempo que se abandonó a sí mismo, cayendo en una espiral auto destructiva, que le llevo a vivir en la calle. Catalogado como un “sin techo”, a sus 49 años, no  estaba falto de su propia historia. ¿A quién le interesaba? A nadie.  Era una persona diferente a la mayoría de personas en su misma situación: intentaba estar limpio, aunque con un aire de dejadez, siempre tenía libros, revistas o incluso periódicos financieros para leer. Además tenía amabilidad y conversación para derrochar, pese a ser ignorado por su entorno. Se movía por una zona comercial y financiera, en la que existían muchos rascacielos de edificios.

Julieta solía pasa por su lado. Era una mujer sofisticada, elegante y segura de sí misma. En alguna ocasión se fijaba en Abel, le ofrecía comida y bebida, que él amablemente aceptaba. Ella era de las que se preguntaba por la historia de las personas sin techo. Julieta era Directora financiera del grupo HOPEACE, con delegación en Madrid, en la que trabajaban 75 personas, con grandes expectativas de crecimiento, tanto en negocio como en plantilla. En un reciente estudio realizado por el grupo, quedaba constancia que la mayoría de personas que trabajaban en esa compañía estaban entre los 25 y 40 años de edad. Luego variaba la diversidad de competencias y requisitos en función de cada perfil que se precisaba. Julieta se dirigió al despacho del Director General donde le esperaba el Director de Personal. Era una reunión para comentar la situación actual y estrategia de futuro. Pascual el Director de Personas dejó claro que, de una forma objetiva, la empresa contaba con el mejor talento. Julieta estuvo escuchando, hasta que intervino para preguntar ¿A cuántas personas de más de 40 años que encajen con el perfil se ha entrevistado para las dos últimas vacantes en la delegación? Se hizo el silencio; se podía palpar la tensión. Desgraciadamente, la respuesta era clara: a ninguna. Félix, el Director General, se dio cuenta que, para poder contar con personas de otras edades, se les debe dar la oportunidad de mostrar su talento en los procesos de selección. Iban a poner en marcha la campaña “TALENTO SIN ETIQUETAS” para seleccionar a personas que cumpliesen las competencias, la experiencia requerida y demás requerimientos, sin que influyese otro tipo de condicionantes.

Abel había trabajado hace años en un rascacielos de oficinas cercano, como Analista financiero. Llegó su oportunidad, le ascendieron a Director Financiero del Grupo Alemán Trileg. La vida le sonreía. Formaba una linda familia, con su mujer y sus dos hijos. Su carga de trabajo creía, por no saber delegar. Sus jornadas eran de 10 horas, dormía poco y necesitaba rendir más. Traspasó el límite el día que comenzó a tomar anfetaminas que le pasaba el amigo de un conocido. Un martes de marzo le tocaba ir a buscar a sus hijos al entrenamiento. Como de costumbre, tenía mucho trabajo y se quedó más tiempo intentando terminarlo. Se le pasó el tiempo y llegó tarde a buscarlos. Como tampoco era la primera vez que esto pasaba, allí estaban sus hijos esperándole sin preocupación. Montó a sus hijos en el coche. Puso rumbo a su urbanización. El sueño le pesaba. En una milésima de segundo sus parpados se cerraron, para cuando los volvió a abrir ya era demasiado tarde.  Su coche acabo empotrado contra un autobús. A partir de ahí no recordó nada más. Sus dos hijos quedaron mal heridos y fallecieron antes de llegar al hospital. Él con múltiples fracturas y traumatismos estaba muy grave, estuvo dos meses en coma. Despertó un día de junio. No recordaba qué había pasado, su familia estaba al lado y tenía muchas preguntas. Las analíticas que le efectuaron tras el accidente dejaban claro que tomaba sustancias de las que nadie de su entorno era consciente. Su mujer estaba convencida de que los médicos estaban equivocados. En septiembre salió del hospital. Su mujer, destrozada por la pérdida de sus hijos, había solicitado el divorcio. No podía ni mirarle a la cara. Abel entró en una caída progresiva. Se culpaba de lo ocurrido. Tras darle el alta médica, siguió sin acudir a su puesto de trabajo, que le causó la pérdida del mismo. Para acallar su culpa comenzó a beber y mezclarlo con ansiolíticos. Su familia le intento ayudar aunque viendo que él no aceptaba la ayuda, se quedó solo. La casa familiar se la quedó su mujer. Las deudas se le amontonaban, y sin ingreso alguno, llegó el día en que tuvo que empezar a dormir en la calle. Le daba todo igual.

Se había convertido en un alcohólico, aunque al verse en la calle, con la ayuda de los voluntarios de CRUZ ROJA, se metió en un programa de desintoxicación. Ana, la coordinadora de Cruz Roja, se fijó en Abel desde el primer día, surgió una conexión. Indagó en su pasado, le hacía muchas preguntas que él le contestaba. Decidió escucharle sin juzgar. Le intento ayudar a perdonarse a el mismo, para comenzar a recomponerse el y su vida. Recuperó al menos la ilusión, aunque no pensaba dejar su penitente calle, su castigo merecido. Consiguió dejar la bebida y olvidarse de los ansiolíticos, aunque no quería saber nada de recuperar su vida. Su castigo era la calle o eso era lo que él creía. Ana analizó su perfil profesional que era bueno, aunque tenía esa “mancha vital”. Tenía títulos académicos, experiencia y se defendía con los idiomas.

Ana le comento que estaban buscando un analista financiero en el grupo HOPEACE. Abel, con la negatividad en la que se había metido, le contestó que no tenía nada que hacer. Allí buscan un perfil determinado. Ana calló y bajo la mirada. Abel se dio cuenta que algo le ocultaba y le preguntó. Ella titubeo diciéndole que ya había mandado su candidatura para un puesto.

Él se levantó y desapareció bruscamente. Ella lo estuvo buscando durante tres días hasta que al final lo avistó en un portal leyendo. Se acercó y le dijo que tenía una entrevista para el puesto de Analista financiero al día siguiente. Le dijo que le había encontrado traje también.

-No puedes decir que no, Abel.

-Bueno iré para demostrarte que no conseguiré una oportunidad.

-Sé más positivo, Abel. Estoy aquí para ayudarte. Sé que puedes dar mucho a esa empresa.

Al día siguiente, acudió a la oficina de Ana, se aseó y se vistió adecuadamente para la entrevista. Se miró en el espejo y recordó a su yo anterior. Iba bien arreglado, limpio… nadie diría que su hogar era la manzana de esas oficinas. Le esperaban Pascual y Julieta, que iban a entrevistar a 8 personas, todas ellas encajaban en el perfil. 6 eran menores de 45 años y dos mayores de esa edad. Cuando entró al despacho Abel, Julieta le pregunto

– ¿No nos conocemos?

-No, creo que te equivocas- respondió. Previamente había realizado varias pruebas numéricas de balances y analítica de datos. La entrevista discurría bien, hasta que Pascual preguntó las razones de su despido. Abel calló y al insistirle dijo, que había sido él el que había provocado su salida, merecía sufrir. Pascual quedó callado. Julieta pregunto

-¿Qué te ocurrió? ¿Cómo estas ahora?

-Arruine mi familia y merezco todo lo que me ocurra- Julieta escuchaba y le repitió la pregunta de nuevo.

-Saliendo del pozo, gracias a la ayuda de personas maravillosas. He pasado malos años en los que me ha costado recuperarme, pero ya estoy listo para empezar de nuevo- Julieta vio la humanidad y el potencial de Abel. Ella venía de una infancia dura y sabía lo que era obtener segundas oportunidades.

Finalizaron las entrevistas y había que contrastar candidaturas. Los resultados de las pruebas eran irrefutables: los mejores resultados eran los de Abel y Marina. El Director de Personal quería incorporar a Marina, jovencita bien parecida, mientras que Julieta apostó por Abel. Félix el Director General preguntó cómo se estaba desarrollando el programa “Talento sin etiquetas”. Julieta se abanderó en defensa de Abel y lo que representaba. Ella dejó claro que ese hombre representaba la vida con su cara buena y con la mala, cometió errores como todos, aunque estaba saliendo de ellos. Además, estaba cualificado. Quizás esta era su última oportunidad y Marina tendría muchas otras. Pascual hizo el discurso contrario.

Pasaron dos semanas. Con pasos lentos pero firmes, entró en las oficinas y preguntó por Julieta Sánchez. Joaquín el recepcionista le pregunto ¿quién pregunta por ella? Dígale que soy Abel Valentu, el nuevo analista financiero. El contador comenzaba de cero de nuevo para Abel.

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